
Argentina. 2009
Hay miradas que no engañan. Por mucho que intentemos mentir, que controlemos el ritmo de nuestra respiración y la velocidad de nuestros latidos cardíacos, el brillo de nuestros ojos nos delata. Es por ello que hasta los jugadores más avezados de póquer se cubren con gafas oscuras. De nada sirve el autocontrol si aquel que se sienta en frente de nosotros sabe leernos la mirada.
Campanella volvió a la gran pantalla con otra historia magistral. Hace ya más de una década que vi en el cine "El mismo amor, la misma lluvia" y la química entre Darín y Villamil me sigue emocionando. Son dos actores de escuela que saben hablar con la mirada, con el gesto y eso es fundamental para una película como esta.
"El secreto de sus ojos" es una historia bien construida y bien rematada, como un traje que se hace a medida. Cada detalle tiene su sentido, no hay elementos superfluos que dejen caminos abiertos e inconclusos. No hay lugar para el error, porque el director no lo ha permitido.
Tomando como base un crimen que sucedió hace décadas, Campanella ahonda en lo profundo del ser humano. Los protagonistas, ante todo, son personas, que ríen, sufren y callan lo que no se atreven a decir. El humor es una constante y se revela de forma inteligente y espontánea, pero el sello de la obra son los sentimientos, lo humano.
No es una historia de amor, ni de asesinatos, ni tampoco es una comedia. Es una historia de personas, de esas que gustan porque entran solas y se disfrutan sin darte cuenta. No hay que hacer grandes esfuerzos intelectuales por comprender el arte del autor. El arte se encuentra precisamente en que será apreciada por todos los públicos. Es un arte tan evidente, que no hay que luchar "por entenderlo", basta con ser persona y sentir, haber amado, haber perdido, haber llorado...
Sin lugar a dudas merece el "bravo" que ya obtuvo con el óscar, y es que todas las personas conocidas que fueron a verla me habían dado opiniones positivas.
No hace falta ser un raro para ser un genio del cine. No hace falta que la mitad de los espectadores no te entiendan ni te valoren. No hace falta contar historias sólo aptas para intelectuales. Esto es el séptimo arte.
¡Bravo, Campanella, bravo!
