viernes, 11 de junio de 2010

Fish Tank. Vidas marcadas

UK. 2009

Fish Tank es una de esas películas que no tiene mayor pretensión que la de contar una historia. Es por ello, precisamente, por lo que la historia funciona. No basa su éxito en la participación de estrellas mediáticas, sino en la aparición personajes creíbles y en las pequeñas miserias de una realidad mundana.
En este acuario en el que Andrea Arnold se empeña en sumergirnos, encontramos a Mia, una quinceañera solitaria que sueña con bailar.
Mia vive con su joven madre y su hermana pequeña, asfixiada en un ambiente de alcoholismo y desidia. Su madre es una mujer maltratada por una vida sin futuro que se refugia en un círculo de evasión, en el que lo primero que olvida son sus propias hijas. Los cambios llegan de la noche a la mañana, cuando se queda a dormir en la casa su nuevo novio, Connor, un joven agradable que guarda demasiados secretos y quien despierta en Mia una atracción especial.
Aunque la trama debería dejarnos un sabor de boca a desesperanza, no lo hace. Las vidas de todos los personajes son una ruina, un fracaso, el pánico a mirar de frente hacia delante, pero aún así, todos y cada uno de ellos son fuertes, a su manera e incluso en mitad de la pobreza mediocre de su día a día, hay cabida para el humor, el afecto y, en cierto modo, la ternura. Se sobrentiende una aceptación sabia y resignada de las posibilidades que el destino nos brinda desde la cuna. No hay milagros, no hay cuentos de hadas, pero no por ello la vida pierde su valor. La vida sigue, a pesar de todo. Aún cuando creemos que nuestros sueños han muerto, el curso de la vida nos arrastra con él, con todo lo bueno y lo malo que conlleva.
La historia de Mia es una lección de realidad.
Se ha comparado a Andrea Arnold con Ken Loach y tal vez los dos compartan cierto gusto en mostrarnos la cara menos amable de la sociedad británica sin caer en el morbo fácil de exhibir sin más los tópicos del sexo, las drogas y el alcohol. Si es que el segundo una vez nos enseñó que los dulces dieciséis no eran tan dulces, la primera nos cuenta que los quince, pese a ser amargos, no lo son tanto...



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